En los últimos años, el aumento de los casos diagnosticados dentro del espectro autista ha dejado de ser una preocupación aislada para convertirse en una realidad ineludible en muchos países del mundo, incluida nuestra región. Este incremento, que en parte puede atribuirse a una mayor capacidad de diagnóstico y a una creciente sensibilización social, también pone en evidencia el rezago de nuestras instituciones, comunidades y sistemas educativos para dar respuestas integrales y humanas a quienes viven con autismo y a sus familias.
El autismo, más correctamente llamado Trastorno del Espectro Autista (TEA), no es una enfermedad, sino una condición del neurodesarrollo que afecta la comunicación, el comportamiento y la interacción social. Cada persona en el espectro es única: algunas tienen una gran independencia y habilidades extraordinarias, mientras que otras requieren apoyo constante en su vida diaria. Este abanico de realidades exige un enfoque flexible, informado y profundamente empático por parte del Estado, la sociedad y la familia.
Uno de los primeros pasos para afrontar esta realidad es aceptar que no se trata simplemente de una “moda diagnóstica” ni de un problema lejano. En casi todas nuestras comunidades, escuelas y familias, hay niños, adolescentes o adultos que necesitan comprensión y apoyos adecuados. El desconocimiento, la estigmatización y la falta de políticas públicas generan barreras mucho más dañinas que el autismo mismo.
Por eso, se vuelve imperativo invertir en detección temprana, capacitar al personal de salud y educación, y promover campañas de información que erradiquen los mitos y prejuicios. La inclusión escolar debe dejar de ser un ideal teórico para convertirse en una práctica real, con profesionales formados, adecuaciones curriculares y entornos amigables.
Asimismo, las familias de personas con autismo necesitan redes de apoyo reales, no solo palabras. Muchos padres enfrentan un sistema desarticulado, donde deben navegar solos entre especialistas, escuelas y trámites, con un alto costo emocional y económico. Atender a estas familias no es un gesto de caridad, es una obligación de justicia social.
El aumento de los casos de autismo no debe ser visto con alarma, sino como un llamado a evolucionar como sociedad. Más que adaptarse las personas al sistema, debe adaptarse el sistema a las personas. Es momento de pasar del diagnóstico a la acción, del prejuicio a la empatía, y de la indiferencia a la inclusión. Frente a esta realidad, no hay espacio para la negación ni para la pasividad.
